Se quedó petrificada y no soltaba la taza. Entonces Rosalinda sintió con asombro, esta vez con un cosquilleo de hilo, el rayo de hormigas. Al ver el gesto de su madre supo que en ese preciso instante no estaba allí, que se estaba viendo a sí misma en otro sitio, igual que a ella le había ocurrido un día antes ante el espejo.
-Señora Peters ¿se encuentra bien?- preguntó la doctora.
-¡Oh, sí, perdone!- y la madre de Rosalinda le ofreció el café con una estupenda sonrisa.
-Nada, no es más que un sueño.- tardó en responder Rosalinda, que ahora quería quedarse a solas con su madre.
La doctora sintió que Rosalinda la mentía y pensó que el café estaba un poco demasiado dulce.
-Está estupendo, gracias.- dijo sin embargo.
-¿Y la niña?- preguntó la señora Peters volviendo definitivamente a ser la de siempre.
La doctora sintió miedo; pensó por una milésima de segundo que el café estaba envenenado y dejó de beber bruscamente. La media sonrisa de la señora Peters y Rosalinda le resultaba perversa.

 

 

CIENTOS DE VOCES CONTRA THOMAS HERODES EDISON
Juan Soto Ivars

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No podemos sino celebrar la decisión australiana de, con la excusa del cambio climático, prohibir el tráfico, intercambio y encendido de la bombilla de filamentos. Contribuye esta sabia decisión a nuestro esfuerzo por enterrar definitivamente la figura de Thomas Alva Edison, ese gran genocida que el mundo sigue perdonando.
De ese sordo inventor que propuso la corriente alterna como fuente de alimentación óptima para la silla eléctrica y cuya mente parió una infinidad de artilugios demoníacos, son demasiadas, a día de hoy, las glorias que se cantan. Nosotros, como portavoces de la justicia verdadera, pedimos que se termine con esta cantata infame, y aprovechando este interés europeo y austriaco por el realismo, vamos a dejar aquí nuestra denuncia, que si la ciudadanía está realmente emancipada de la incultura y las enfermedades de transmisión cutánea (especialmente lepra e hidrofobia, aunque podríamos generar a partir de aquí una escabrosa lista del desarrollo humano), estamos seguros de que no habrá malos oídos y después malos hocicos que malogren nuestra causa.
No damos en Austria la espalda a los logros indiscutibles del sujeto Thomas Alva Edison, al que en adelante tacharemos de Edison simplemente. Dejamos aquí, para demostrar nuestra ecuanimidad, una lista de los inventos más notables de esta personalidad criminal:

 

1868: Artilugio para el recuento automático de votos. Patentado y sin éxito alguno hasta ochenta años después.
1875: Mimeógrafo: Un aparato para hacer copias de cartas impresas. Vergonzoso frente a la prolífica fotocopiadora de silicato de zinc.
1877: Fonógrafo. El primer instrumento para grabar y reproducir sonidos reales. Funcionaba con discos de cartón y posteriormente cilindros de cera de ínfima calidad sonora. Dios salve al gramófono, que apareció en nuestro mundo barriendo tamaña estafa técnica. Dios salve, pues, al padre de la nueva técnica gramofónica: Emile Berliner.
1879: Bombilla de filamento incandescente. La lámpara de Edison fue, como todos sabemos, un plagio al pobre Heinrich Göbel, que las fabricaba desde hacía tres décadas en su humilde relojería alemana. Edison patentó la lámpara de filamento de bambú (más resistente a la fusión, decía él, que el metal) y las ganancias, unidas a las que producían sus modelos de fonógrafo, le ayudaron a crear en 1880 General Electric.
1880 (según nuestros cálculos) Inventa una demoníaca alarma casera con un sistema para avisar a la policía, cuya paupérrima precisión despertaba vecindarios enteros cuando registraba, por ejemplo, las pisadas de un gato en el alféizar de la ventana.
1890: Quinetoscopio, esa burda carcasa que no llegaba a la altura de los pies al glorioso cinematógrafo de los Lumiere, pero que le granjeó ingentes beneficios.
Bien. Hasta aquí, la plebe no habrá hecho más que aplaudir. Lo comprendemos. Celebran los inventos de ese chiflado como se celebran las volteretas de un niño pequeño. Pero hay un invento más, que Edison se preocupó toda su vida de silenciar por la forma ominosa en la que se deshizo de él después de que sus asesores le aconsejasen que abandonase la empresa: la muñeca parlante Edison, o como nosotros la llamamos: la gran víctima de Edison.
La gran víctima fue inventada en 1886. La madre muerta de las posteriores muñecas parlantes, la primera, el mártir de una estirpe hoy día condenada a la desaparición o, peor todavía, a la mutación horripilante en Furby y otros transgénicos jugueteros.


 

Tenía esta muñeca una dulce cabecita de porcelana con cabellos humanos, pintada primorosamente a mano por los artesanos a sueldo del despiadado padre de la criatura. Sus bracitos y piernas rechonchas estaban adheridas a un cuerpo de metal, en cuyo interior había un pequeño modelo del fonógrafo. Era, pues, una muñeca con un pequeño fonógrafo de cilindro de cera en su corazón, al que se le daba cuerda con una pequeña llave instalada en su espalda. La muñeca, al ser activado el fonógrafo de su cuerpecito, pronunciaba dulces frases infantiles. Somos conscientes de que no era una muñeca perfecta. Su disco parlante era tan frágil que un movimiento brusco de una niña o la caída fortuita o deliberada de la muñeca partían casi siempre el mecanismo. Quedaba así muda, y su cuerpo de hierro, demasiado pesado y duro para recibir el amor maternal de las niñas norteamericanas que serían las viudas de la Gran Guerra, las relegaba al fondo del armario o de vuelta a la fábrica. Además, como es de suponer, su precio era prohibitivo y las madres, rabiosas, seguramente las devolvían a las tiendas después de que el poco cuidado de sus hijas malograse la inversión de aniversario o navidad.
La noticia del crecimiento inverso de la curva de ventas de la muñeca llegó a los oídos de Edison. Suponemos que abrió uno de los cajones de su escritorio, sacó de allí a una de sus muñecas parlantes, y después de mirarla y quizás relamerse blandamente los labios, tomó la decisión de abandonar el negocio. Qué fue de la muñeca que el tirano guardaba en su cajón es algo que nos es desconocido por completo, pero sabemos qué ocurrió con las demás.
Los operarios recibieron la siguiente misiva, firmada por el mismísimo Edison:

Trabajadores: La muñeca parlante que producimos debe dejar de fabricarse de inmediato. Todos los ejemplares que hay en los almacenes de nuestra casa, deben ser enterrados en una gran fosa que se excavará en la parte trasera del hangar número 43 de nuestras instalaciones.

Si cumplieron la orden con desnaturalizado rigor o si vertieron lágrimas por el funesto destino de esas niñas de porcelana, es algo que no podemos decir. Pero los hechos ocurrieron rápidamente. La noche del catorce de marzo de 1888, la última partida de muñecas parlantes fue enterrada bajo los hangares de la General Electric. Sólo las muñecas que no habían sido devueltas o que no habían sido destruidas en acto de servicio en su peligroso cometido con los niños norteamericanos y europeos, han llegado hasta nuestros días. Sus caras de ojos muy abiertos, sus expresiones de júbilo contenido, no son sino un vestigio sutil del dolor histórico en que estas supervivientes de la matanza contemplan pasar el tiempo.
Sabrán quizás el destino que sufrieron sus hermanas. Sabrán que bajo estas mismas losas que pisamos, duermen el sueño de los justos centenares de muñecas parlantes como ellas, enmudecidas para siempre por la zarpa de un genocida, a cuya muerte en 1931, el mundo entero apagó sus bombillas un minuto.
Y nosotros decimos que la corriente continua y todos los inventos de Edison deberían desaparecer de faz de la tierra, que todas las bombillas de filamento deberían apagar para siempre el recuerdo del responsable del enterramiento de todas esas niñas de porcelana y metal, cuyos pequeños corazones de cera siguen recordando con sus inocentes frases infantiles el pecado y la maldad del padre que las abocó al sufrimiento eterno.
Desde hace más de ciento veinte años, sus voces brotan de debajo de la tierra para recordarnos lo que Thomas Alva Edison les hizo. ¿Quién será el desrazado que se atreva a no escuchar?