Creo que hoy no he dormido. Y sin embargo, estoy descansada, porque hoy terminará, y por lo tanto, comenzará todo. Por la noche estaré en el tren dirección a Bayona, camino a casa de Christine, y Ángel esperará sentado frente a la menestra y el bacalao. Esa imagen me crea cierta inquietud, dejarle la cena preparada. Sin cartas, qué me queda por decir tras quince años. Además, sería capaz de quedarse agarrado a una frase escrita con cariño, Aquí pone que me quieres, como un obrero pendido de un tubo. Quizá le llame desde Bayona, mañana, o el jueves, para decirle que estoy bien, y que no volveré.

 

            -La pelotas llegan a una velocidad de 200 kilómetros por hora, no hay más que ver las marcas que han dejado en la pared para darse cuenta de lo peligroso que es –ha dicho Ángel con los ojos a flor de piel.
El cámara de ETB ha grabado la pared. Mientras, Ángel ha continuado con su retahíla, hablando a la periodista como lo haría a una amiga. Le ha señalado la red que bordea la terraza.
-Mira, dos metros y medio de red, esto parece un gallinero, pero lo mismo da, las pelotas sobrepasan la red, 200 kilómetros por hora, ¿te puedes hacer idea de qué velocidad ésa? –y le ha sonreído a la periodista, como diciéndole, tú me entiendes, tú compartes mi indignación, tú sabes lo que significa no poder salir a la terraza de una casa que te ha costado 80 millones y hoy día podrías venderla por 120.
La periodista le ha hecho un gesto al cámara para que grabe la red.
-Y luego el estrés que esto supone, ¿no?, el miedo a salir a la terraza. Mi mujer no ha salido desde junio, desde que una pelota rompió por primera vez el cristal de la sala, desde junio, ¿te das cuenta?
-¿Cuándo pusisteis la primera denuncia?
-En julio del año pasado.
-¿Y cuál ha sido la resolución del juez?
-Aún no se sabe nada, seguimos a la espera.
-¿Y cuál creéis que va a ser la resolución?
Ángel ha intentado reírse como si estuviese en una cena de entre amigos.
-Mira, aquí, además de la constructora está involucrado el ayuntamiento, y hay mucho trapo sucio que lavar, unos buenos pellizcos de por medio, todos sabemos cómo funciona la política de viviendas, y más estando quien está en la alcaldía –su puño ha estallado sobre su palma, una dos tres cuatro veces.
Ella ha cerrado el cuaderno, no ha apuntado más que el nombre y primer apellido del hombre, Ángel Etxarte, al lado el suyo con distinta grafía. Alzando las cejas ha sugerido, Su tiempo ha terminado, y ha enderezado la dirección de una orquilla entre sus rizos.
-Saldrá en el noticiario de la noche, a las ocho y media en ETB-1 y a las nueve en ETB-2.
-No habéis hecho ninguna toma de las pelotas. Están en el patio trasero, hemos reunido unas 250 desde que inauguraron el campo.
En el patio, en una caja de juguetes, cientos de pelotas blancas amarillas grises. La mujer que está sentada a la mesa de la cocina los ha visto pasar, pero ha continuado sentada a la mesa, arrancándose con los dientes los pellejitos de los dedos.
El cámara ha grabado un primer plano. Se ha alejado con el zoom y le ha hecho un gesto a la periodista para decirle Cuando quieras. Parece como si los periodistas y cámaras de ETB tuviesen prohibido hablar entre sí.
-Gracias por todo, Ángel, ahora sí, hemos terminado.
-¿Queréis tomar algo? ¿Refresco, café, zumo?
-No, gracias, aún nos queda mucho día por delante.
-¿Y tú?
Ángel los ha acompañado a la salida, y hasta oír el ruido del motor se ha quedado en el jardín. A pesar de las banderitas y de los hoyos, la hierba del otro lado se ve bella.

            La casa de Ane y Ángel sería luminosa de no tener las persianas cerradas. Ane, sin embargo, precisa oscuridad, le dice a Ángel que tiene ojos demasiado sensibles, que la luz le duele. Pero no es por eso que le gustan las persianas bajadas, si no porque no quiere que el mundo le invada el hogar. En la planta baja hay un amplio salón de paredes color tierra, muebles de cerezo. Un pequeño baño y una cocina color crema. En una revista de decoración podría poner Los propietarios son una pareja, él es arquitecto, ella traductora, o bien, ocupación liberal. Tienen dos hijos. Han sabido combinar sabiamente lo rústico y lo funcional en este acogedor dúplex sito en Irún (País Vasco). Aunque en las revistas de decoración las persianas siempre están subidas y los dueños aparecen con cara de domingo por la mañana, dispuestos a desayunar zumo de naranja tras la sesión amorosa, en los instantes previos a que se despierten los niños. Al menos para la revista.
           

 

            Ane está quitando las bolas de la alfombra con un aparato comprado en Carrefour. Arrodillada, atraviesa el amarillo una y otra vez. Parece que estuviera jugando con un coche de carreras, con ese chándal, como una adolescente. Sobre la alfombra, un arcón tallado hace el servicio de mesa. Dos paredes de la sala están cubiertas de libros, una enciclopedia sobre la Guerra civil, algo de literatura, diccionarios, un lienzo de Zumeta. Ane no le ha preguntado a Ángel Qué tal la entrevista.
            -Ya está. Lo van a dar por la noche. Espero que el hijoputa de Cereceda lo vea –Ángel ha de subir la voz para que se le oiga por encima del ruido que saca la máquina-. Han estado bastante tiempo, ¿verdad?
            Ane le ha contestado que sí con dulzura, que los de ETB han estado bastante tiempo, y que la comida está preparada.
            -¿Has hecho lasaña, cariño?
            -Es congelada. ¿Y qué tal la entrevista? –le ha preguntado como si recién se hubiese despertado de un sueño. Ha sujetado la goma del pelo entre los dientes, y  se ha rehecho la coleta con manos azuladas.
            -Les ha parecido interesante. Han grabado las pelotas del patio y las marcas de la pared. Se va a enterar el cerdo ese. ¿Por qué no has salido? –y ha apoyado la mano en su cadera.
           
           
           
            -Creo que no debemos mezclarnos con ellos.
            -Que sí, que el hijoputa ese tiene buen ojo para estas cosas, ¿no has visto qué puta cara de judío tiene?
            -Tal y como están las cosas no me fío.
            -Eso se arregla con una auditoría. Vemos cuánto está en B y en base a eso decidimos.
            -Con eso no basta, no lees los periódicos, ¿o qué?
            -Deberías ser más valiente.
            -No quiero ser Indiana Jones.
            -Por una puta vez, hazme caso.
-No.
 -Eres peor que tu viejo.
-Mucho peor.
-El que gane decide si hay fusión o no, ¿vale?
-No, no vale.
-Dale.
La pelota ha atravesado nubes con forma de pájaro jaula submarino vikingo y se ha parado en una suave loma, sola y blanca en medio del verde, como pidiendo auxilio.

 

            Hace tres meses que no he visto a Ángel desnudo. Te van a ver los vecinos, le digo cuando sale de la ducha y se pasea por casa. En Navidades le regalé un albornoz, a pesar de que nunca antes había utilizado uno. Hasta ahora no me había confesado a mí misma que su boca sabor a siesta y las puntas color tabaco de sus bigotes me repugnan.
He sentido placer al verle entrar en el dormitorio con el albornoz puesto. Hoy voy a dormir en una cama que no va a ser la mía, entre aromas extraños, con pijama prestado. Eso me tranquiliza.
-Ya no te quitas el albornoz.
            -Me he acostumbrado a él, la verdad.
            -Me gusta cómo te queda –le digo mientras acaricio la cremallera del neceser.
            Ángel siempre dice sí, y ha hecho un gesto afirmativo con la boca llena de colutorio, el Hombre convertido en Hámster. Y esa felicidad suya, preocupaciones que lo ocupan todo, energía sin límites. Preferiría que se pusiese calzoncillos, para evitar bultos y balanceos, pero me gustaría que él se diera cuenta, no quiero ser yo quien se lo diga. Nunca ha tenido sentido estético. Mejor así, más fácil. Más fácil con bultos y balanceos. Observo rincones de casa y se me abalanza la realidad que hemos intentado tapar con la plusvalía convertida en vigas, piedra descubierta, pantalla de cine. Con fotos y folclore. Fotos de cuando vivimos en el otro lado, una estampa de Arrue, un lienzo de Zumeta, lauburus pintados en relieve tallados en platos tazas sillas cortinas, aperos roñosos comprados en anticuarios, un cartel republicano animando a los jóvenes para que se alisten. Ése ha sido nuestro nivel de compromiso. Ése y el de quitarle el polvo de vez en cuando a la enciclopedia sobre la Guerra civil.
            Me da gusto acariciar la cremallera del neceser que tengo bajo los cojines, la pinza para las cejas que a partir de ahora voy a volver a depilar, las cremas pintalabios algodones, sentada sobre la cama, mientras converso con él.
            -Me apetece hacer el amor, Ángel.
            Y me he quitado la camiseta, así, como si estuviese en el vestuario de un polideportivo rodeada de niñas y de viejas. Ángel se ha enjuagado los últimos restos de colutorio, y vaciando la cara de hámster en el lavabo, con los labios un poco enrojecidos aún,  ha venido a mi lado. Se ha quedado mirándome al sujetador, luego a los ojos, luego al sujetador, a los ojos.
            -Me alegro, Ane.
            -¿Te alegras?
            -Estoy contento porque quieres hacer el amor.
            -Entonces yo también estoy contenta, Ángel.
            Él me ha sonreído, bondadoso, luego al sujetador, luego a los ojos. Estamos sentados sobre la cama el uno frente al otro. Se ha empeñado con los pezones, y es como un osezno comiendo margaritas. Le he masajeado los trapecios, Estás tenso, inviertes demasiada energía con lo del golf, y él, Eres dulce, bonita, ¿por qué no me quieres? Condescendiente, me he introducido eso que en pocos años ha perdido la proporción con el resto del cuerpo.
            -Me voy a correr, ¿no te importa?
            -No importa –y le he acariciado los cabellos, como a un hijo-. No importa.
            -Me he corrido.
            -No importa.
            Entonces, estando yo convertida en una enorme vagina que grita Más, más, más, ha hecho lo que más aborrezco:
            -Me gustaría quedarme aquí hasta el día de mi muerte, cariño –ha dicho imitando el habla de un niño, maullando, haciendo mohínes.
Se ha dado cuenta de que mi mudez no es un lugar para la pausa, sino pura mudez.
-Pero eres mala y no me quieres.
            No deseo tener que repetirle que no hable como un niño, ojalá fuera capaz de acordarse de que no me gusta. Mejor así, más fácil. Me he duchado hasta que se me ha enrojecido la carne. De vuelta a la cama se ha colocado entre mis piernas, y ha dormido durante unos minutos, reposando su cabeza sobre mi vientre.

 

            En el exterior, sobre el verde, Javier observa los zapatos nuevos que ha comprado en Barcelona, y ha resuelto que son unos zapatos con clase, pero sin llegar a ser de burgués. También estrena hierro, comprado en el mismo viaje. Le ha dado muchas vueltas al asunto de la fusión, y cada vez ve con mayor claridad que no ha de llevarla a cabo. El blanco de la pelota le relaja más que el whisky, más que las putas. Frente al blanco ha decidido que no, y después ha golpeado la pelota, un no rotundo.
           

                       
            Ángel le ha pedido a la interina que quite el polvo, se lo ha dicho con simpatía y culpabilidad. Entre el desorden se ha topado con la caja donde se guardan las fotos de Gaizka y las ha llevado al baño. Se le parecía, pero también a la madre, en el cabello ojos color de piel. El ruido del aparato de quitar pelotas le ha advertido de la cercanía de Ane, y ha guardado la caja en el armario del baño.
            Ángel ha preparado dos batidos de plátano, café y pan tostado con mermelada de naranja. En ese instante ha asociado la mermelada de naranja con la esperanza, quizá Ane lo haya conseguido, lo haya superado, son ya más de dos años.
            Mientras desayunan, desde la ventana han visto pasar a dos señores arrastrando sendos carritos.
-No te olvides, Ane, a la noche salimos en ETB. Mi única pena es que Cereceda ve Antena 3.

 

He deseado oír ese nombre desde que me he despertado. Cereceda, y después el speach de Ángel, el torbellino de energía mezclado con after shave, la manera de limpiarse con la lengua los restos de batido, vestido para la calle y sin quitarse las pantuflas. Es por ello que  le he escuchado con atención desde este lado de la mesa, he esperado con alegría oír su nombre. Y cuando lo ha pronunciado, lo he atosigado con preguntas, con todas las preguntas que no le he hecho en estos dos años, ¿Y crees que salir en ETB repercutirá en algo?, ¿Cuándo recibiremos la resolución del juez?, Vamos a ganar, ¿verdad, cariño? Y él crecido, como cuando se le presta demasiada atención a un niño.
-¿Vendrás a cenar?
            Ángel se acuerda de la reunión de la tarde, y ha pensado en los compañeros, en el olor a puro, en actitudes basadas en el hecho de quién la tiene más larga, y le ha contestado Sí, hoy no tenemos reunión.
            Ane le ha besado con carne, Hasta la noche, entonces, haré menestra y bacalao. Una pelota ha chocado contra la pared de la terraza y Ángel ha soltado la carne diciendo Su puta madre. Y con el beso colgando entre sus labios ha salido de casa.

           
            Su caminar camelluno, las costuras cedidas en la espalda. Todo se me extraña. Dónde estaba yo mientras ha sucedido esto, en qué momento se le rasgaron las costuras de la americana, cuándo le nacieron todas esas aristas en el culo. Se ha montado en el coche, ha bajado la ventanilla y me ha saludado con la mano, pero me he percatado de ello cuando en el parking no ha quedado más que ruido de motor, diesel en forma de nube, y yo ya lejos de este ahora. Y aunque quisiera estar desolada, cansada, me encuentro bien. Me pregunto si he llegado a algún límite, sin embargo me siento más en mi parcela que nunca. Como cuando observaba a Gaizka, él y yo en la bañera, sus pequeños brazos rompiendo el agua, mis pechos rebosantes de leche llenos de espuma, gggggggg, el idioma más bello, ggg, ggggg, ggggg... mi hijo, a pesar de Es una enfermedad para toda la vida, Nunca conseguirá la calidad de vida de un niño normal, y Si no conseguimos arreglarle la válvula va a tener serios problemas. Pero a mí me bastaba con mirar aquellos ojos, apretarle la nariz y gggggg para creer que no podía haber niño más feliz.
           

 

            Tras guardad el neceser en la maleta, ha subido todas las persianas de la casa. Llevará una delgada maleta, comprará ropa nueva en Bayona, ni siquiera tiene el problema del dinero. Desde la sala se ha quedado mirando a los anacrónicos jugadores de golf, la dulce hierba, las piedras mojadas. A todo lo que va a quedar tras de ella, en sofás y cuadros, una terraza cubierta de pelotas de golf, muebles de cerezo y ese hombre.
            -¿Christine? Llegaré a las once menos cinco.
            -¿Estás bien?
            -Sí.
            -¿Has hablado con Ángel?
            -No.
-J’ai arrangé ta chambre.
-Me tienes que prestar un pijama.

 

           
            Si al menos me hubiese pegado, al menos una vez, o si lo hubiese sorprendido con mi hermana en la cama, si al menos fuese alcohólico. Pero se trata de su forma de hablar con gente que acaba de conocer, o cómo unta el pan, o el movimiento de su lengua cuando me besa. La horrible energía que desborda cuando se siente feliz.  Quizá me debería sentir como un monstruo por irme de aquí sin sentir nada más que placer. La emoción que siento al alejarme de un hombre que nunca me hizo daño, que fue maravilloso y al que quizá no vuelva a ver. El choque entre lo que siento y lo que debería sentir me paraliza bajo el quicio de está puerta que huele a cadáver. Ni siquiera lo amo como se ama a un hermano, ni como al padre que fue, no me interesa lo que a partir del instante en que cruce la puerta le pueda suceder a mi pasado. Un pasado compuesto de muebles, lienzos, paredes y vigas.
            Cuando deje las llaves sobre el arcón, entre la foto de Gaizka y el aparato para arrancar bolitas. Sobre el tapete, y así no rayen el mueble 

 

 
Eider Rodríguez

 

 

 


                           

           

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LA CASA JUNTO AL GOLF
Eider Rodríguez

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