La primera vez que Rosalinda se vio a sí misma desde fuera se asustó mucho.
Siempre había pensado que le gustaría verse en realidad y no a través de un espejo, pero el sentirlo de verdad no fue nada placentero.
En aquel momento un rayo de hormigas de plomo diminutas le atravesó la espalda. Ahí estaba ella, en el parque, con sus bellos rizos dorados, con su hermoso vestido rojo que todas las compañeras de clase, excepto Verónica, miraban con envidia; con su sonrisa pícara, guapa, y sin embargo

No era nada, no sabía qué era, pero era horrible.
Entornaba los ojos para hacerse la interesante, y sin embargo desde fuera daba la impresión de que no entendía nada, pero lo horrible no era eso; de hecho, su idiotez, vista desde fuera, le hacia gracia.
Cuánto miedo pasó aquella primera vez. ¿Por qué era tan horrible y nadie se lo había dicho? ¿Por qué le tenía que pasar eso a ella?

Creyó que iba a explotar de pánico, pero las niñas de su edad tienen demasiada fuerza como para que el miedo pueda con ellas.
Recuerda que se fue poniendo roja a toda velocidad, que pensó que las hormigas de plomo caminaban por sus venas. Recuerda que llegó al morado y que entonces, y sólo entonces, fue como si una mano oscura la empujara de golpe y tuvo conciencia de que se estaba mirando ante el espejo.
Era ella, no se estaba viendo desde fuera, pero al mismo tiempo notaba que lo que le había pasado no era mentira, que llegaba de otro sitio.
Como si la realidad hubiera estado agazapada hasta entonces y de pronto, por capricho, le diera un golpe, así.

Sus rizos, frente al espejo, no eran los que acaba de ver (sí pero no); todavía llevaba puesto el pijama; sus ojos estaban también entornados, pero de sueño, no de hipocresía, y no sonreía, estaba pálida y seria.
Su madre golpeó la puerta del baño, llegaban tarde al colegio.

Pero es que, además, aquel día, cuando al llegar al parque por la tarde, por un instante, Rosalinda sintió que tenía el gesto que había visto aquella mañana por detrás del espejo, como si hubiese acudido a visitarlo, y que tenía el mismo vestido, y que el rizo del ojo derecho parecía un muelle a contrapié (igual que había pensado por la mañana), cuando sintió aquello, el mismo rayo de hormigas volvió a atravesarla de golpe, pero esta vez como si fueran de corcho, y precisamente por eso (acababa de desmayarse) la caída resultó placentera.
Dos amigas la llevaron a casa y su madre se quedó muy preocupada:
-Esta niña no come.
Pero Rosalinda comía bien, le gustaban casi todas las cosas menos la coliflor, el hígado y las sardinas, lo único que le pasaba es que se había visto a sí misma en el parque nueve horas y media antes de estar allí y no sabía cómo tomárselo.

Aquella noche de la primera vez el miedo no se le quería ir de los huesos, pero no se atrevió a preguntar a su madre. A lo mejor se piensa que estoy loca y me lleva a la inmensa pradera donde dice Betty que viven millones de niños que los padres devolvieron a Dios.
Esa noche no durmió, y al día siguiente tenía muy mala cara, así que su madre le dijo que no iría al colegio y llamó a la doctora y le trajo leche caliente y le dijo diez veces que no se moviera y le puso una toalla mojada en la cabeza.

La doctora era una señora mayor con ojos de mirada aviesa, pero que tenía unos pelos de loca que compensaban su rostro.
-¿Qué te pasa, hija?- le preguntó según se quitaba la chaqueta de piel.
-Estoy asustada.
-¿Por qué?- volvió a preguntar la doctora mientras sacaba un estetoscopio de su maletín.
Su madre le miraba tan preocupada que le daba pena. Porque ayer, al mirarme al espejo aparecí de repente en el parque. Pero Rosalinda no dijo eso:
-He tenido una pesadilla.- se le ocurrió como respuesta.
-¿Y por qué no me lo has dicho?- preguntó su madre enfadada.
-Porque no me has dejado hablar, mamá.
La doctora de mirada aviesa sonrió por dentro.
-¿Qué pasaba?- preguntó la doctora.
-¿Cómo se llama?- preguntó Rosalinda.
-María- dijo la doctora sorprendida, y se buscó algo en el bolsillo- Y esta es mi hija Ludovica- sacó de su cartera la foto de una niña con los dientes plateados.

Entonces se quedaron calladas y la madre se puso tan nerviosa que ofreció a la doctora un café.
-Sí, por favor- dijo la doctora- con leche y una y media de azucar.
La madre se fue a la cocina y Rosalinda contó a la doctora que había soñado que estaba en el parque y que de su cuerpo iban saliendo muchas otras Rosalindas como ella y la miraban amenazantes, como si fueran a pegarle.
Mientras tanto su madre, en la cocina, se preguntaba cuánta azúcar sería una cucharilla y media de azúcar: ¿había dicho cucharilla?
-¿Por qué estás asustada?- preguntó la doctora.
-¿Usted no lo estaría?- preguntó también Rosalinda.
La doctora María adoptó una seriedad desconcertante:
-Creo que me alegraría de recordar el sueño, hace mucho que no me pasa.
-Pero ¿y si pasara de verdad?- preguntó Rosalinda con la voz pequeña.
-Vuélveme a llamar y lo hablaremos en serio.
Entonces dejó de auscultarla y le dijo:
-¿Por qué crees que las otras te miraban mal?
-Amenazantes, porque me odian.- dijo Rosalinda triste.
-¿Y cómo te iban a odiar a ti, preciosa?- dijo la doctora.
-Porque no les gusta que sea yo en lugar de ellas.
El café estaba listo.
-¿Y ellas qué pueden hacerte?
La madre se preocupó muchísimo al oír a la doctora decir aquello.
-¿Quién puede hacerle algo?- preguntó.
-Ha sido una pesadilla, no se inquiete, la niña está todavía algo asustada- la doctora pensó que el café estaba un poco demasiado dulce, y luego, por una milésima de segundo, que estaba envenenado y dejó de beber bruscamente.
-Pero ¿y si pasara de verdad?- Rosalinda lo dijo temblorosa, pero el miedo le venía por la posibilidad de volver a verse a sí misma desde fuera. 
-Ya te lo he dicho: volveré y tendremos que hablar seriamente de todas esas Rosalindas que no te dejan dormir.
Rosalinda miró por la ventana, y el rayo, esta vez, le heló la sangre. Se vio en clase de Don Elías, que les enseñaba a dividir. Es verdad, ayer nos había dicho que hoy aprenderíamos el fantástico mundo de la división. “Divide y vencerás” bramaba Don Elías exultante, pero ella no podía concentrarse porque tenía unos bigotes enormes que atraían poderosamente su atención. Pensó que podría atender a la explicación en lugar de verse a  sí misma contemplando los bigotes de Don Elías y lo intentó, pero no podía apartar la mirada de la otra Rosalinda; seguía viendo algo horrible, como una mentira, como si la Rosalinda real fuera sólo la que observaba desde fuera.

Entonces miró por la ventana, hacia el patio, y dejó de verse a sí misma desde fuera. Lo extraño, lo realmente asombroso, es que no se encontró con los ojos aviesos de la doctora, ni con su madre, sino que seguía allí, en clase. Pegó un grito que asustó a sus compañeros más cercanos y que hizo girarse a Don Elías de la pizarra y preguntar quién había sido. Alguien (Guillermito) se chivó, y Rosalinda dijo:
-No sé qué hago aquí.- Y sus compañeros se rieron mucho. A Don Elías no le hizo gracia, Rosalinda estaba un poco pálida y temblaba como una hoja. La llevaron a la enfermería y su madre vino a buscarla angustiada.
-Esta niña no come.  
De vuelta a casa, en el coche, Rosalinda quiso preguntar a su madre por la doctora, pero no se atrevía.

La noche de la segunda vez Rosalinda a penas durmió; había pensado muchas veces que le gustaría tele-trasportarse, pero el sentirlo de verdad fue distinto, sentía nauseas y cuando cerraba los ojos era como si se cayera muy hondo, ni siquiera se calmaba haciéndose dibujos con el dedo en el brazo derecho. Sin embargo, al amanecer, el sueño se apoderó de ella.
Se vio en un jardín que le resultaba familiar a pesar de ser irreconocible. Comenzó a escuchar una voz lejana y penetrante que le decía lentamente que no se mirara en el agua. Entonces las flores y el césped empezaron a crecer, los veía subir hacia el cielo ¿o era ella la que se estaba haciendo cada vez más pequeña? Se puso a correr entre los tallos verdes tan altos como casas, corría como una loca. Llegó a un charco que a sus ojos parecía un lago inmenso y se arrodilló en la orilla. Se acordaba de la voz pero el deseo de ver su rostro en el agua era más fuerte, y lo hizo. Al verse en el agua de nuevo un rayo atravesó su alma, pero esta vez la sensación era dulce. No soy horrible, y quiso acariciar con su mano a la Rosalinda que flotaba en el agua. Una mano la cogió del hombro y se dio la vuelta asustada.
Un anciano, diminuto como ella frente a los tallos de hierba, la miraba enfadado.
-Si te vas- le dijo- volveré a estar solo.
Era la voz que le había dicho que no se mirara en el espejo de agua. Su mano huesuda y escuálida le hacía daño.

-Despierta Rosalinda, es sólo un sueño.
Y Rosalinda despertó con el rostro del anciano aún grabado en su mente.   
Su madre le vio tan mala cara que dijo que no iría al colegio y llamó a la doctora y le trajo leche caliente y le dijo diez veces que no se moviera y le puso una toalla mojada en la cabeza.
Rosalinda hubiera preferido seguir durmiendo. Aquel vaso de leche, la forma en que su madre le puso la toalla en la cabeza eran idénticas a las del día anterior. Temblaba quizás algo más, sobre todo cuando vio entrar a la doctora y ésta le preguntó según se quitaba la chaqueta de piel:
-¿Qué te pasa, hija?
-Estoy asustada.
-¿Por qué?- la doctora sacaba el estetoscopio de su maletín.
-Porque ha pasado de verdad.
-¿Qué ha pasado?- se extrañó la doctora.
-La pesadilla de ayer.
-¿Y qué era?
-¿No se acuerda?- Cuando Rosalinda preguntó aquello su madre se preocupó tanto que de nuevo sintió pena por ella.
-¿Cómo se iba a acordar la doctora, hija, si no te conoce?
-Usted es María ¿verdad? Y su hija Ludovica tiene aparato.
-¿La conoces?- preguntó la doctora sorprendida.
-No, me la enseñó usted ayer, de su cartera.- Y con sus ojos señaló el bolsillo en el que la doctora se guardaba la cartera.
La doctora se asustó mucho, pero disimuló con un carraspeo.
-No está bien contar mentiras, criatura- había una ligera amenaza en su tono. Dijo que la niña tenía fiebre, que le convenía guardar cama unos días. Y se fue lo más rápido que pudo, sin aceptar el café que la madre de Rosalinda le había preparado, pensando incluso, aunque sólo fuera por una milésima de segundo, que podría estar envenenado.

Su madre se sentó a su lado y le acarició la frente. Le preguntó por su sueño y Rosalinda le contó que en un bosque de árboles gigantes otras Rosalindas salían de detrás de los troncos y se reían de ella.
-No te preocupes, cariño, mamá está contigo.
Rosalinda quiso preguntar a su madre si no se acordaba de la doctora, le quiso contar todo, pero pensó que a lo mejor se preocupaba tanto que se moría del susto. Además sus caricias eran como una máquina ligera y embriagadora que la llevaba hasta el sueño.

Así que se durmió, y volvió al mismo jardín, y una voz lejana le recordó de nuevo que no debía mirarse en el agua, y todo fue creciendo ¿o era ella la que se hacía más pequeña? Y corrió hasta llegar al lago, y se volvió a ver hermosa, y antes de que el anciano le pusiera la mano encima se subió a un tronco y se adentró en las aguas.
El anciano lloraba al verla partir desde la orilla.
-Rosalinda, no te vayas al otro mundo.
-¿Qué mundo?
-¿Qué mundo?- el anciano la imitó- no te hagas la niña tonta conmigo. ¡No mires!
Pero el grito del anciano no sirvió de nada. Rosalinda, inclinada en el tronco se alejaba al tiempo que se deleitaba con aquella hermosa Rosalinda que avanzaba con la nobleza de una ninfea sobre el agua. Tan prendada quedó de sí misma que saltó para abrazarse.
Y allí, tras la fina capa del agua, le esperaba su rostro ante el espejo, sus ojos entrecerrados por el sueño, su pijama, y el golpear de su madre en la puerta porque no llegaba al colegio.

Aquella tarde, en el parque, no se dio cuenta de que hizo el mismo gesto con su mismo traje rojo. Al día siguiente su madre no le vio mala cara e incluso aprendió a dividir en clase de Don Elías.

Pero yo ya soy anciano, y me dio mucha tristeza que se fuera.       

 

Joan Espasa

 

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A través de Rosalinda
Joan Espasa

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