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Se quedó petrificada y no soltaba la taza. Entonces Rosalinda sintió con asombro, esta vez con un cosquilleo de hilo, el rayo de hormigas. Al ver el gesto de su madre supo que en ese preciso instante no estaba allí, que se estaba viendo a sí misma en otro sitio, igual que a ella le había ocurrido un día antes ante el espejo.
-Señora Peters ¿se encuentra bien?- preguntó la doctora.
-¡Oh, sí, perdone!- y la madre de Rosalinda le ofreció el café con una estupenda sonrisa.
-Nada, no es más que un sueño.- tardó en responder Rosalinda, que ahora quería quedarse a solas con su madre.
La doctora sintió que Rosalinda la mentía y pensó que el café estaba un poco demasiado dulce.
-Está estupendo, gracias.- dijo sin embargo.
-¿Y la niña?- preguntó la señora Peters volviendo definitivamente a ser la de siempre.
La doctora sintió miedo; pensó por una milésima de segundo que el café estaba envenenado y dejó de beber bruscamente. La media sonrisa de la señora Peters y Rosalinda le resultaba perversa.