Visiones de Hildegard von Bingen

 

 

 

Después de esto vi como una imagen de mujer tan inmensa como una ciudad, con su cabeza magníficamente coronada, y de cuyos brazos colgaba un resplandor como mangas, que brillaba desde el cielo hasta la tierra. Su vientre estaba perforado con muchos agujeros a modo de red, y en ellos pasaba una gran multitud de hombres. No tenía piernas ni pies, sino que, sosteniéndose sobre su vientre ante el altar que está ante los ojos de Dios, lo abrazaba con sus manos extendidas, y veía todo el cielo con sus ojos de un modo agudísimo. Pero no podía distinguir ninguna vestimenta, a no ser el resplandor que la rodeaba toda, brillando en medio de una lucidísima serenidad, rutilante en su pecho de un rojo fulgor como la aurora. Oí entonces cantar en su honor por todo tipo de músicos "Como aurora rutilante".

Y aquella imagen se expandió su resplandor como si fuera un vestido diciendo "Engendraré y alumbraré". Y al instante acudió como un fulgor una multitud de ángeles haciendo en ella escaleras y asientos para los hombres por los que la imagen seria conducida hasta su plenitud.

Después de esto vi a unos niños negros avanzando por el aire junto a la tierra como los peces en el agua, y entraron en el vientre de la imagen por los agujeros que la perforaban. Y ella gimió y los llevó hasta lo alto, a su cabeza, y salieron por la boca mientras ella permanecía incólume. Y he aquí que se me apareció de nuevo aquella serena luz y en ella la forma de hombre de toda rutilante ardiendo en fuego (tal y como la había visto en la anterior visión) y arrancando a cada uno de ellos la piel negra y echándola fuera del camino, los vistió con una túnica muy blanca y les mostró la luz serenísima diciéndoles a cada uno:

 

 

 

(Parte segunda. Visión tercera)

 

 

Y entonces vi una gran torre redonda, hecha toda ella de piedra blanca en cuya cima había tres ventanas, de las que surgía tal resplandor, que el techo de la torre que se resolvía en forma de cono, se apareció en la claridad de aquel fulgor. Las ventanas estaban adornadas a su alrededor por hermosas esperaldas. Y la torre estaba colocada en medio de la espalda de la imagen de la mujer, tal y como se sitúa una torre en el muro de la ciudad, de tal modo que, debido a su fuerza, la imagen no podía caer de ningún modo.

 

Y vi resplandecer con mucha claridad a los niños que habían penetrado en el vientre de la imagen. Unos estaban adornados desde la frente hasta los pies como por un color áureo, otros tenían tanta claridad que estaban que carecían de color. De entre estos niños, unos contemplaban un resplandor puro y lúcido, otros un fulgor turbio y rojizo vuelto hacia el oriente.

 

De entre los que miraban el resplandor puro y lúcido, unos tenían ojos claros y fuertes pies, y pasaban con fuerza el vientre de la imagen.

Otros, en cambio, tenñian ojos cansados y débiles pies y eran arrastrados aquí y allá por el viento. Pero con un báculo en sus manos revoloteaban en presencia de la imagen, y de vez en cuando alcanzaban a tocarla levemente.

Había además otros de ojos serenos pero con piés inútiles, y se movían de un lado a otro de la imagen.

Y aún otros, de ojos cansados pero de fuertes pies que caminaban ante la imagen con languidez.

 

Pero de entre aquellos que miraban el fulgor turbio y rojizo, unos caminaban con fuerza bien adornados en la imagen, mientras que otros, desgarrándose de ella, la atacaban y reprimían sus órdenes establecidas; de éstos, algunos regresaban con humildad a ella por fruto de la penitencia, otros en cambio permanecían por terca negligencia en la arrogancia de la muerte.

 

 

(Parte segunda. Visión cuarta)