Lluvia amniótica

pieza de música albina para clarinete bajo pregrabado y lector.

Joan Espasa

(PLAY)

 

 

Lo que pienso y lo que siento pueden

ser mi inspiración pero también un

par de anteojeras. Para ver tenemos que ir

más allá de la imaginación y para ello

tenemos que quedarnos absolutamente quietos como si estuviéramos

en medio de un salto.

 

John Cage “45' para un orador” (1954)

 

 

 

Esta primera nota que escuchas es larga. ...............Todo lo larga que mis pulmones han podido, para permitir un paso razonable desde el inicio de la música al inicio de estas letras.

 

Las notas largas tienen la ventaja de poder dejar de escucharse.

Son el mejor camuflaje para todo ejercicio de composición albínica. Y esto lo es (te lo digo ya).

Sólo se tocarán notas de entrañas blancas y tú (te lo digo ahora) eres el último intérprete del albinismo musical.

 

 

Lo anterior es una verdad mentira escrita,

si todo va bien, sobre un lecho dodecafónico.

Los lechos dodecafónicos no tienen patas, permiten reposar en el vacío.

 

Son también (creo) una buena antesala del silencio de 11 segundos que viene después.

 

 

La sensación de que estamos llegando a ninguna parte es un placer.

 

Advertencia :

atentaré contra ese silencio de 11 segundos con la nota más grave de la que mi instrumento es capaz.

No hay apología del terrorismo, esto es puro acto.

 

No sé cuánto eres capaz de leer en 11 segundos

(¿?)

 

Un puro acto descuartizador del tiempo.

La máquina, claro, es rudimentaria. Pero traduce en sinestesias. Y permite un equilibrio sobre el que gestar apetencias.

 

El buceo amniótico, eso sí. El atentado, si acaso, contra el principio de no contradiccoón.

 

En cualquier caso esto no es una nana. Si acaso un manual de huida de las notas pigmentadas.

Un colosal ejercicio de retrovanguardismo hispano, eso sí.

(y que nadie diga nada por Dios, a ver si la vamos a tener me cago en la puta).

 

Hubo un anciano albino que se lamía el iris subiendo la lengua tras el paladar y dando la vuelta a los ojos. Pero a nadie le gusta llorar saliva, y le entraban agujetas en la lengua.

 

Bien, muy bien.

Lo sé porque (lamentaría que hubiese intérpretes decepcionados a este respecto) la música albina tiene la ventaja de estar siempre bien interpretada. Basta con interpretarla, con despigmentarse a fondo.

Sintiendo la despigmentación esta obra tiene la virtud de conferir un hermoso moreno lunar.

 

Después siete notas. Satélites. Una escala albina. La ruptura de tiempos nos protege. La escala albina es un trono nocturno en el que Chopin sangra asaeteado. Pobre Chopin, pero su sangre nos hace falta para subir un peldaño ínfimo hacia la música de las esferas.

Hay quien prefiere un trampolín, la caída apaga el ruido. Un charco de bilis negra te engulle. Aquí, sin embargo, no hay trampolines, moriremos otro día. Homenaje, eso sí, al buceador espacial que, harto de su respiración, se arrancó la escafandra para escuchar la galaxia.

 

En lo que viene-vino-vendrá hay notas de aire y llaves que percuten contra el ébano. La música albina sabe que el instrumento es de fronteras líquidas.

Fisión de presentes, el canto albino sale de la trampa.

 

Decir silencio es ejercer nuestro derecho a atentar contra la razón. Silencio .

 

 

Y no es el resto

 

O sí

 

A Hamlet con la duda que te vas.

Y si le haces sangrar deberíamos bailarlo.

 

Una escala albina ordenada por el mundo.

Otra melodiónica.

Y otra al azar del presente.

 

Fuera de carta está la albina muda a la sal.

 

 

ANDRÉS BARBA: “Pero hubo preguntas que no fueron respondidas, ni siquiera en el salto. Preguntas como cisnes negros que morían de hambre. De pronto te parecía que a cada ser le eran debidas otras vidas, otros rostros capaces de responderlas, y que los tuyos apenas habían sido esbozados en el aire del último segundo. Los hay que abrazan a la oscuridad; esos poseen la dicha de la oscuridad. Pero hubo preguntas que no fueron respondidas. Y en ese momento reconociste que lo que en realidad sucedía era que estabas dentro de la propia pregunta, que lo que veías a tu alrededor no era otra cosa que la pregunta.” (Libro de las caídas)

 

 

Una alegría desdibujada, invisible casi, y por ello penetrante. Sin necesidad de reivindicarse. La absurda alegría en la que se mecen los tristes sobre las aguas del vacío.

Baja la mano y salpica.

Luego nada. Pero poder avanzar a oscuras, sin la convención de un destino, extravío de golpes mullidos, caídas sin vértigo. Opera líquida que sabes cantar como nadie (y no mientas).

Porque las fronteras son aparatos de un pensamiento que ni siquiera nos pertenece. La música albina rehuye a los impedidores y pide que no se denigre tanto a las palabras y a los sonidos porque los hechos tampoco es que hayan sido para tanto.

 

Y a quienes llegaron aquí, que perdonen lo mal trazado del camino, pero que sepan, si piensan que hay una falsedad en el mundo injusta y poderosa, que estamos juntos, que parece que ellos ganan porque todos disimulamos, pero pierden de lejos, de tan lejos que su presencia es un grito porque se ven moribundos. Y el grito aturde, ocupa, pero la música que se sabe rasgadora del silencio permanece sin necesidad de espacio.

Me siento como aquel hombre al que empapuzaron de tristeza, y sus torturadores no podían entender cómo es que estaba tan orgulloso de lucir su sonrisa.

 

“))<>((“

Aplausos, por supuesto, de una sola mano.